18/02/2026

Contemplación de la Cruz 35 - Cuaresma

MARTES V DE CUARESMA

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 35

Acompañemos a María, contemplando el rostro del amor hasta el extremo: el rostro desfigurado de nuestro Señor crucificado. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de la Madre de nuestro Redentor que nos dice:

 

Hijitos míos: acompáñenme. Vamos a contemplar, al pie de la cruz, el hermosísimo rostro de Jesús.

Es el rostro del amor.

Es el rostro de la misericordia.

Es el rostro de la justicia, de la piedad, de la compasión, de la perfección humana, de la divinidad visible, de la bondad, de la virtud.

Es el rostro de la vida.

Es el rostro de la verdad.

Contemplen ese hermoso rostro que yo contemplé desde que lo vi nacer; y lo besé y lo acaricié tantas veces; y lo adoré.

Contemplen su frente y su sabiduría.

Contemplen, en el brillo de sus ojos, la bondad de su alma.

Contemplen su nariz, sus labios, sus mejillas, su bigote, su barba; y admírense de su belleza.

Es el rostro de la Palabra encarnada.

Contemplen ese rostro varonil que refleja seguridad, sabiduría, valor, fuerza, serenidad, amabilidad, humildad, inocencia, pureza, majestad, gloria.

Y ahora contemplen el mismo rostro, torturado, maltratado, golpeado, escupido, sucio, amoratado, herido.

Contemplen su frente perforada por el filo de las espinas, y la sangre derramada por todo su rostro.

Contemplen sus ojos enrojecidos, cansados, piadosos, compasivos, misericordiosos, que soportan un sufrimiento extremo, por amor.

Contemplen su nariz hinchada, sangrante, desviada por los fuertes golpes, obstruida por la sangre.

Casi no puede respirar.

Contemplen su boca, que guarda silencio ante el terrible sufrimiento y la injusticia. Intenta hablar, jadea, trata de respirar, y al mismo tiempo pronuncia unas cuantas palabras de justicia y de verdad.

Contemplen su bigote, empapado en sangre, y su barba, que ha sido de una parte arrancada, y ha quedado su carne expuesta como llaga.

Contemplen ese rostro desfigurado, que al rostro de mi divino Niño ya no se parece nada.

Es el rostro de la impiedad, de la maldad, de la furia, de la ignominia, de la vergüenza, de la humanidad desvirtuada.

Es el rostro del pecado, que el Hijo de Dios ha asumido en su carne para destruirlo con su muerte.

Contemplen en ese rostro su culpa, su perdón, y su salvación.

Pidan perdón, hijitos, por todos esos miembros de la Iglesia que desfiguran el rostro de los sacerdotes con sus habladurías, con sus difamaciones, con su desprecio.

Pidan perdón por todos los miembros de la Iglesia que no pueden ver el rostro de Cristo en el rostro de cada sacerdote.

Pidan perdón por los que escupen el rostro del Señor con blasfemias, con mentiras, y desfiguran con calumnias y falsedad el rostro de la Santa Iglesia.

 

 

Contemplemos a nuestro Señor en la cruz, acompañado de María, su Madre; y de Juan, el  discípulo amado, permaneciendo como ellos, siempre junto a Él. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice: 

 

Amados míos: contemplen mi rostro conmovido hasta las lágrimas, y contemplen mi Corazón doloroso y sufriente, por aquellos sacerdotes que me traicionan, por aquellos que me niegan, y por los que me abandonan.

Contemplen en este Corazón ardiente el corazón de un niño que sufre ante la traición y el desprecio de su mejor amigo.

Conmuévanse conmigo y pidan perdón por aquellos sacerdotes infieles que me tratan del mismo modo que Judas, vendiendo su dignidad sacerdotal para obtener placeres mundanos, bienes terrenos, falsa felicidad.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que se enorgullecen de gastar su vida trabajando y entregando su vida por mí, pero, ante la dificultad, cuando su vida corre peligro, me niegan y me abandonan a la primera oportunidad.

Pidan perdón por los sacerdotes que no le dan gloria a Dios porque se glorían a sí mismos, pero no se glorían en la cruz de su Señor.

Pidan perdón por los sacerdotes cobardes, por aquellos que no dan la cara y no defienden la fe, se esconden con miedo a ser juzgados, perseguidos, maltratados, despreciados, o a que les quiten la vida por defender mi causa.

Ellos no son dignos de mí.

Pidan la gracia que mis sacerdotes necesitan para abrir sus corazones a mi amor y a mi misericordia, para recibir la gracia, la fe, la esperanza y el amor que tuvo Juan para permanecer al pie de mi cruz, y perseverar en la fidelidad a mi amistad, glorificando al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, entregando la vida para que Dios se glorifique a sí mismo en su creatura.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!