LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 36
Acompañando a María, al pie de la cruz, contemplemos las heridas del cuerpo crucificado de nuestro Señor Jesús. Por cada herida un pecado, por el que pide al Padre perdón para cada pecador. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de la Madre de nuestro Redentor, que nos dice:
Hijitos míos: acompáñenme al pie de la cruz.
Vamos a contemplar a mi Hijo crucificado.
Contemplen al Dios y hombre, valiente y fuerte, que caminó en medio del mundo haciendo milagros, enseñando a la gente, compadeciéndose de sus miserias, revelándose ante los incrédulos como el único Hijo del único Dios verdadero. A ese cuerpo sano y perfecto, en este cuerpo crucificado, destrozado, sufriente, débil, deshidratado.
Miren cómo se le pueden contar todos sus huesos.
Contemplen su cuerpo herido, cubierto de su preciosa sangre derramada.
Contemplen su carne flagelada, abierta.
¡Son tantas, que parece una sola llaga!
Escuchen y mediten sus palabras.
Casi no puede hablar, pero su boca grita lo que su corazón no puede callar:
¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!
El Señor es compasivo y misericordioso. Con estas palabras justifica, por los méritos de su sacrificio, a todos los pecadores.
Sientan sus corazones ser traspasados de dolor, como el mío, mientras contemplan su piedad, su compasión, su capacidad extraordinaria de amar, en medio del terrible sufrimiento de su cuerpo y de su alma, expiando los pecados de toda la humanidad, para renovarla y glorificar a su Padre como único mediador entre Dios y los hombres.
Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que faltan al respeto a un sacerdote y no saben lo que hacen.
Pidan perdón por aquellos que no valoran el don del sacerdocio ni la caridad que tienen los sacerdotes con ellos.
Pidan perdón por los que cometen pecados tan graves, que los sacerdotes tienen la responsabilidad de expiar en silencio, uniendo sus sacrificios a la cruz de Jesús.
Pidan perdón por todos los que ofenden a Jesús en la persona de los sacerdotes, porque no saben lo que hacen.
Contemplemos el Sagrado Corazón de Jesús, sufriendo el profundo dolor de cada ofensa cometida por cada sacerdote contra Dios. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:
Amados míos: contemplen mi cuerpo crucificado, mi cabeza coronada con espinas, las heridas de todo mi cuerpo, mi sangre derramada para el perdón de los pecados de los hombres, y concentren su atención en mi Corazón expuesto, que tiene, no solo siete veces, sino setenta veces siete más heridas que mi cuerpo.
Me duele más que todas las heridas en mi cabeza, causadas por la corona de espinas.
Más que las heridas de mis manos y mis pies, atravesados por los clavos.
Más que los golpes en mi rostro, en mis rodillas, en mis costillas, en el vientre.
Más que mi hombro lastimado por el peso de la cruz.
Más que todos mis órganos internos desangrándose.
En este Corazón sufro la traición de mis amigos, los sacerdotes, a quienes desde antes de nacer yo los elegí y los consagré para mí, a los que llamé y ungí para ponerlos a mi servicio.
Sus pecados los condenan, y serán tratados en sus juicios con mayor rigor que todo mi pueblo, porque a ellos les ha sido formada bien su conciencia, han sido preparados en el conocimiento del bien y del mal, porque les ha sido dado el poder para perdonar los pecados.
Ellos tienen el don del buen discernimiento y la gracia para perseverar en la fidelidad, y vivir en santidad, defendiendo mi causa, uniéndose conmigo en una misma cruz, en un mismo sacrificio, en una sola ofrenda agradable a Dios, para guiar, para enseñar y para santificar a mi pueblo, y glorificar con sus obras a Dios.
Ellos sí saben lo que hacen, y aun así, me entregan, me traicionan, me abandonan.
¡Ay de aquellos sacerdotes que cometen pecados mortales y no se confiesan!
¡Más les valdría no haber nacido!
¡Más les valdría que desde antes de nacer yo no los hubiera conocido!
Pidan perdón por los sacerdotes que se encuentran en esa situación.
Pidan perdón por los que causan tanto dolor a mi corazón.
Pídanle a mi Padre que está en el cielo que acepte la ofrenda de la vida de ustedes, los que acompañan a mi Madre y permanecen al pie de mi cruz, para que tenga en su Corazón bondadoso y compasivo lugar para los sacerdotes que lo han ofendido, y me permita hacer llegar a ellos mi misericordia. No porque merezcan mi perdón, sino porque ustedes lo glorifican con ese amor con el que me aman a mí en cada uno de ellos, aunque no sean buenos, aunque no lo merezcan, porque, al contemplar mis sufrimientos en la cruz, ustedes saben que yo para ellos lo he merecido, y ustedes saben, sin importar cuánto mal hayan hecho, lo mucho que yo amo a mis amigos.
Si ustedes me aman harán esto por mí: entregarán sus vidas como ofrenda por mí.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
