JUEVES V DE CUARESMA
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 37
Contemplemos el Inmaculado Corazón de María, al pie de la cruz, atravesado por la espada de dolor, y tengamos sus mismos sentimientos. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de la Madre del Crucificado, que nos dice:
Hijitos míos: vengan, acompáñenme. Toquen mi corazón. Sientan cómo palpita. Es un corazón que está vivo, que siente, que sufre, que duele. El corazón de ustedes duele porque está unido al mío por la misma espada de dolor, para que compartan mis mismos sentimientos.
Contemplen a Jesús crucificado en medio de malhechores, de ladrones, de malvados, como si fuera un malhechor más.
Él, que es la bondad absoluta, la perfección, la caridad, la misericordia, el amor.
El único y tres veces santo, el que es la vida, condenado a morir entre pecadores, porque es a los que Él ha venido a buscar.
Contemplen en esa cruz a un moribundo padeciendo los más atroces dolores.
Ha sido tratado con más rigor, con más furia, con más desprecio, con un castigo mayor que los otros dos. Y a diferencia de ellos, Él es inocente.
Uno de ellos le reclama, lo ofende. El otro, en cambio, pide perdón, lo reconoce, se arrepiente, y Jesús derrama su misericordia sobre él, como signo de lo que ha venido a hacer: a traer perdón y salvación, y a abrir las puertas de su Paraíso, para que todo aquel que crea en Él viva eternamente con Él.
“Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”.
Contemplen mis lágrimas y el dolor de mi corazón por esa espada de dolor, que arde al escuchar esas palabras de misericordia y de amor, de compasión, de caridad, de bondad.
¡Cuánto quisiera escuchar todo hombre esas palabras en el último momento de su vida!
¡Y cuánto quisiera yo estar en el lugar de ese malhechor para irme con Él también hoy!
Compartan mi dolor, hijitos, de estar viendo morir a mi Hijo y a mi Dios.
Con estas palabras se despide. Tiene la bondad de decirme a dónde va, y así darme la esperanza de que volverá, porque su misericordia en el perdón de un malhechor ha sido derramada para todos los pecadores, y ese es el consuelo de mi corazón.
Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que, faltos de esperanza, le reclaman a los sacerdotes cuando sienten que Dios no los escucha porque no les responde a sus peticiones. Y lastiman el corazón del sacerdote con ofensas a Dios, exigiendo pruebas y señales de su existencia.
Pidan perdón por aquellos que ponen en duda el poder, la devoción, la fe y la virtud de un sacerdote.
Pidan perdón por aquellos que rechazan la gracia y la misericordia de manos de un sacerdote.
Pidan perdón por todos aquellos que no se compadecen de mi doloroso corazón.
Contemplemos el sacrificio Eucarístico: el Sagrado Cuerpo crucificado y la Preciosísima Sangre de Jesús derramada para el perdón de nuestros pecados, muerto y resucitado. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:
Amados míos: Contemplen al Hijo de Dios amando hasta el extremo, crucificado, dando la vida para el perdón de los pecados de los hombres, sirviendo a los hombres, lavando y purificando sus almas a través de este santo sacrificio.
Este es mi cuerpo entregado para la vida del mundo.
Esta es mi sangre derramada para el perdón de los pecados del mundo.
Contemplen en este cuerpo y en esta sangre el cuerpo y la sangre de cada uno de mis sacerdotes, y déjense amar hasta el extremo por ellos, dejándose lavar los pies, para que tengan parte conmigo, y luego ustedes hagan con ellos lo mismo.
Laven los pies de mis sacerdotes, pidiendo perdón y reparando con obras de amor por las heridas que causan a mi Sagrado Corazón los pecados cometidos por mis siervos, mis elegidos, a los que yo llamo amigos.
Pidan perdón por los que no adoran la Sagrada Eucaristía.
Pidan perdón por los que no se dejan lavar por mí, no piden perdón, no reciben mi absolución a través del sacramento de la reconciliación, y no pueden tener parte conmigo.
Pidan perdón por los que no lavan los pies de los demás, no se entregan conmigo en el servicio al prójimo. Dicen que me aman, pero no saben o no quieren amar hasta el extremo como yo.
Pidan perdón por aquellos sacerdotes que no veneran los días santos, y por aquellos que, aunque cumplen con su deber y celebran los oficios en los días santos, tienen su corazón lejos de mí.
Pidan para ellos en estos días santos especialmente las gracias que necesitan para renovar con honestidad, con voluntad, con amor y con responsabilidad sus promesas y compromisos adquiridos desde el día de su ordenación, y las gracias que necesitan para convertir su corazón, para abrirse a la gracia y a la misericordia de Dios, y aceptar tener un corazón como el mío, para que se entreguen conmigo en esta cruz al servicio del pueblo de Dios, y cuando digan: “este es mi cuerpo, esta es mi sangre”, verdaderamente crean que, en ellos, Yo Soy”.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
