VIERNES V DE CUARESMA
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 38
Contemplemos a Juan, el discípulo amado, el sacerdote que acompañó a Jesús junto a María al pie de la cruz. Y contemplemos el compasivo y amoroso corazón de la Madre, que lo recibe como su hijo, y con él a todos nosotros como verdaderos hijos, porque Jesús se los dio. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz, que nos dice:
Hijitos míos: vamos a contemplar la pasión, crucifixión y muerte de mi Hijo Jesús en la cruz.
Contemplen a ese discípulo que tuvo el valor de permanecer junto a su Maestro todo el tiempo.
Nunca lo abandonó. Lo acompañó, entregando con Él su voluntad y su vida al pie de la cruz.
Contemplen su rostro.
Miren que es tan solo un muchacho, pero el Señor le concedió el don del sacerdocio.
Contemplen cuánto ama a su Señor, que no pensó en él mismo. Renunció a todo, superando el miedo. Se despojó de todo para tomar su cruz y seguir a Jesús.
Contemplen su corazón. ¡Tiene tanto amor! Está encendido en el celo del fuego apostólico, de ese amor por Cristo que lo ayuda a superarlo todo, a vencer sus miedos, y a permanecer de pie, fiel, junto a Él, acompañándolo hasta la muerte.
¡Miren cuánto sufre al ver a su Maestro, a su Señor sufriente!
Su sangre derramada, su cuerpo torturado, su corazón entregado, su inminente muerte. Mientras, en silencio, junto a mí, lo adoraba.
Escuchen las palabras del Señor, que son palabras de misericordia, de ternura, de compasión, de amor, de sabiduría divina, de consuelo, de esperanza, de humildad, de generosidad y de alianza entre Dios y su pueblo.
Madre, he ahí a tu hijo.
He ahí a tu madre.
Y con estas palabras Jesús deja clara la configuración del sacerdote con Él y la filiación maternal de todos los hijos de Dios, dándole a todos y a cada uno el mismo valor que Él, el valor de hijo.
Por lo que ya no son esclavos, son hijos.
Ya no son condenados, sino salvados.
Ya no están encadenados, sino que han sido liberados, por los méritos de su sacrificio en la cruz, por su obediencia al Padre, que les ha ganado la dignidad de hijos de Dios, y que yo he acogido como verdaderos hijos en mi corazón, porque por Cristo lo son.
Y Él los ha puesto a mi cuidado, bajo mi protección, bajo mi tutela, para que yo les enseñe lo que le enseñé a Él, y lo que aprendí de Él, para que todos mis hijos lleguen a ser como Él y glorifiquen a Dios en la vida eterna de su Paraíso.
Pidan perdón, hijitos, por todos aquellos miembros de la Iglesia que no me aceptan como verdadera Madre, y que juzgan y critican a los sacerdotes por su gran devoción mariana, acusándolos de idolatrarme, porque no comprenden el gran amor de la Madre al hijo y del hijo a la Madre, que un solo deseo ferviente tienen los dos: permanecer al pie de la cruz adorando a su Dios y Señor.
Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que son obstáculo para que los sacerdotes permanezcan al pie de la cruz, infundiéndole miedo y dudas a sus corazones, llenándolos de angustias y de preocupaciones, que les quitan la paz y las buenas intenciones de permanecer al pie de la cruz, dando su vida por Jesús para la salvación de los hombres.
Contemplemos al Amor crucificado, y reparemos el desamor con el que ha sido ofendido, con actos de amor y de misericordia. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:
Amados míos: vengan, benditos de mi Padre. Acérquense a mí para que puedan contemplarme. Contemplen al amor crucificado, contemplen mi sangre derramada hasta la última gota, y déjense cubrir por ella, para que se llenen de mi misericordia y reciban todos mis beneficios.
Permanezcan al pie de mi cruz, fortaleciendo su amor con los sacramentos, escuchando mi Palabra, fortalecidos con el don de la fe, la esperanza y la caridad, llevando mi amor en obras de misericordia, especialmente a mis sacerdotes.
Intercedan por ellos, especialmente por los que se han alejado de mí, para que reciban los mismos beneficios de ustedes, los que permanecen junto a mí.
Pidan perdón y oren por los sacerdotes que cometen faltas de amor contra Dios y contra el prójimo.
Pidan perdón por todos los sacerdotes que no aman a Dios por sobre todas las cosas, porque anteponen su amor propio o a las cosas del mundo, o a otras personas, antes que a mí.
Pidan perdón por todos aquellos sacerdotes que, en lugar de cumplir con su deber de llevar el amor de mi Padre por su pueblo, que es el amor crucificado y derramado en gracias y en misericordia, y administrarla a través de los sacramentos, se ocupan en otras cosas, se complacen a sí mismos, y en lugar de ser conducto de los beneficios del amor de Dios para su pueblo, son obstáculo y causa de escándalo.
Reparen el desamor de mis sacerdotes con actos de amor, que son obras de misericordia en favor de ellos. Es así como amarán al Señor, su Dios, hasta el extremo.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
