SÁBADO V DE CUARESMA
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 39
Contemplemos el sufrimiento del Sagrado Corazón de Jesús, que, siendo inocente, sufre como el más grande pecador, asumiendo la culpa de todos los pecados del mundo, y el dolor por las graves ofensas que alejan a los pecadores de su Padre Dios. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de la Madre, que nos dice:
Hijitos míos: acompáñenme, aunque estén cansados, aunque no quieran, aunque no tengan ganas.
Acompáñenme y contemplemos a mi Hijo en la cruz.
Contemplen su soledad.
Sus amigos se han ido.
Sus discípulos lo han abandonado.
Su cuerpo herido, flagelado, crucificado, está vestido de pecado al haber asumido los pecados de todos los hombres como suyos, para perdonarlos, expiarlos y destruirlos con su muerte en la cruz.
Contemplen su Corazón sufriente, herido, atravesando por la prueba más difícil: sentirse abandonado por su Padre del cielo, por los pecados de los hombres que lo alejan de Él.
Contemplen a Jesús en medio de su suplicio diciendo estas palabras: Padre, ¿por qué me has abandonado?
Pidan perdón por los miembros de la Iglesia que abandonan a los sacerdotes y los dejan solos, y no los ayudan en el cumplimiento de su misión en los momentos más difíciles, cuando más los necesitan.
Pidan perdón por todos los fieles que no participan activamente en los apostolados de la Iglesia, pero que juzgan y critican severamente a los sacerdotes en la organización de eventos y celebraciones o de cualquier actividad que realizan solos, sin ayuda, porque los fieles no quieren colaborar.
Pidan perdón por los pecados del pueblo de Dios que han manchado, desfigurado, flagelado, crucificado el cuerpo de mi Hijo que, para perdonarlos, se ha despojado de todo, hasta de sí mismo, tocando el abismo de la amargura, de la soledad interior, que ningún hombre puede soportar. Solo Dios.
Acompañemos a María al pie de la cruz, como instrumentos de su misericordia, contemplando el cuerpo sufriente de Jesús, exaltado en la cruz, y pidamos por la unidad de la Iglesia. Escuchemos, en nuestro corazón, la potente voz de nuestro Rey que nos dice:
Amados míos: contemplen mis manos y mis pies crucificados, unidos e inmovilizados al madero por grandes y filosos clavos de hierro.
Contemplen a su Rey exaltado en esta cruz, para congregar en la unidad a todos los hijos de Dios, para que todos sean uno conmigo, y, muriendo conmigo al mundo y al pecado, resuciten conmigo a una vida nueva, a una vida eterna, que es por eso que he sido enviado para rescatarlos, para salvarlos, para abrir las puertas del Paraíso para todos los hijos de Dios.
Pidan perdón por los sacerdotes que no permanecen en la cruz, por los que se alejan de mí, y por su pecado fomentan la división de los hijos de Dios en la Iglesia a la que yo los he llamado, provocando cisma y destrucción de ellos mismos, de sus fieles; y en lugar de obrar los prodigios que yo les mando, en mi nombre, causan escándalo con sus malas obras y dispersan a las ovejas como si fueran lobos en medio de ellas, y no pastores.
Pidan perdón por aquellos sacerdotes que tienen miedo de reconocer mis prodigios y pretenden dirigir a la Iglesia de modo ordinario, tratando con escepticismo y con desprecio los prodigios y obras extraordinarias que yo realizo a través de los más pequeños, a los que yo elijo para que los incrédulos crean, los pecadores se arrepientan, y todos los hijos de Dios vuelvan a la unidad conmigo en un solo pueblo y con un solo pastor.
Pidan la gracia que mis sacerdotes necesitan para tener el valor de obrar prodigios en mi nombre, de reconocer la belleza extraordinaria y verdadera de las manifestaciones divinas de mi presencia viva en medio del mundo.
Pidan las gracias que necesitan para que perseveren extendiendo sus brazos conmigo en la cruz y para que crean que yo los he llamado, no para que sean mil hombres trabajando y dando la vida por su Señor, sino para que comprendan que han sido llamados para que todos seamos uno, Cristo, quien da la vida muriendo en la cruz.
Un solo hombre. Un mismo espíritu. Un solo hombre y Dios verdadero, para congregar en la unidad de la Iglesia a todos los hijos de Dios, porque para eso los he ungido y los he configurado conmigo, para que sean instrumentos de unión, permaneciendo perseverantes con mi Madre en la oración.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
