DOMINGO DE RAMOS
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 40
Contemplemos a nuestro Señor crucificado, pero aún vivo, sufriendo el martirio de su corazón, que se duele de los pecados de la humanidad contra Dios. Acompañemos a María, que sufre también, porque comparte sus mismos sentimientos, y dejémonos tocar además por sus terribles sufrimientos de madre, al presenciar los tormentos de esos pecados en el bendito cuerpo de su hijo en la cruz. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz, que nos dice:
Hijitos míos: acompáñenme.
Vamos a contemplar a mi Hijo Jesús en la cruz.
Contemplen su cuerpo deshidratado por tanta sangre y sudor que ha derramado.
Contemplen su rostro, sus ojos casi secos, cansados.
Su boca seca. Casi no tiene saliva, casi no puede hablar, no puede respirar.
Su garganta le duele. Debe hacer mucho esfuerzo para poder hablar.
Escuchen y mediten estas palabras que dice con todo el corazón, pero con gran dificultad: TENGO SED.
No es una sed física, sino sed espiritual.
Pero Él expresa esta sed manifestando los signos de deshidratación en su cuerpo, para que puedan comprender cuánta es su necesidad de beber, qué tan grande es su sed.
Pero Él no necesita beber agua. Él es la fuente de agua viva.
Él tiene sed de almas, y les pide que le den de beber llevando el agua viva de su Palabra a todos los que aún no lo han conocido, para que sacien su sed convirtiendo sus corazones y Él sacie su sed bebiendo del agua de santidad de las almas.
Denle de beber.
Tráiganle almas santificadas en la verdad.
Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que, viendo las necesidades de los sacerdotes, no los atienden, no les dan ni siquiera un vaso de agua fresca, y es a Jesús a quien no le dan de beber, y por eso quedarán sin recompensa.
Pidan perdón por los que se embriagan de bebidas mundanas, pero no beben de la fuente de agua viva, y sus almas mueren aun estando vivas.
Pidan perdón por los lobos disfrazados de ovejas que, cuando ven venir a los pastores para dar de beber a las ovejas, los engañan, dispersan a las ovejas, y matan a los pastores.
Acompañemos a María, contemplando a Jesús crucificado, y meditemos con ella los sufrimientos que padeció el Hijo de Dios en su oración en el Huerto de los Olivos, cuando aceptó beber el cáliz de la pasión, para hacer la voluntad de su Padre. Escuchemos, en nuestro corazón, la voz de nuestro Salvador que nos dice:
Amados míos: contemplen al Hijo de Dios haciendo oración antes de la hora de la pasión, teniendo los mismos sentimientos de cualquier hombre que desea alcanzar la perfección, haciendo la voluntad de Dios, pero que piensa como los hombres, y desea, si es posible, dejar pasar el cáliz del sufrimiento.
Yo tuve como modelo y ejemplo a un padre terrenal justo, que siempre mantuvo la visión sobrenatural, y renunció a obedecer sus pensamientos de hombre, para obedecer en todo la voluntad de Dios, y tuvo el valor de decir: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Contemplen y mediten en mi aceptación a esa voluntad divina, que solo se puede obedecer teniendo visión sobrenatural, amando a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo.
Y teniendo la asistencia espiritual de los ángeles, los dones y presencia del Espíritu Santo, junto con la presencia maternal de mi Madre, y la compañía espiritual de José, mi padre, que nunca me abandonaron, y que siempre me animaron, y me dieron la fuerza de seguir adelante en el cumplimiento de mi misión redentora, tan difícil de aceptar para mi humanidad, que, sabiendo todo lo que tendría que sufrir y soportar, derramando gotas de sudor y sangre por el estrés de mi cuerpo, ocasionado al aceptar una misión tan difícil e importante, me hice obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz, sabiendo que el sufrimiento no era solo por las torturas a las que sería sometido mi cuerpo, sino sobre todo, el sufrimiento espiritual, por todos los pecados de los hombres, que estaba a punto de asumir como propios, y sufrir en mi corazón el dolor que cada uno de esos pecados, de cada hombre y de todos los tiempos, le causan al corazón de Dios.
Contemplen mi obediencia a la voluntad de Dios, crucificado y derramando mi sangre en la cruz, y pidan perdón por los sacerdotes desobedientes. Aquellos que pretenden salvar su vida y la pierden, porque los pensamientos de los hombres no son los pensamientos de Dios, y no se disponen a hacer oración para descubrir y entender cuál es la voluntad de Dios para ellos, especialmente en los momentos de dificultad en los que deben de tomar una difícil decisión, porque prefieren no escuchar, para no cumplir con la responsabilidad que en su conciencia saben que el Señor les pedirá, y desobedecen, porque el Señor les habla no solo a través de la oración, sino de sus conciencias.
Pidan perdón por aquellos sacerdotes que son sordos a mi voz, que no abrazan su cruz y no me siguen, porque tienen miedo, porque no confían, porque les falta fe, porque les falta esperanza y les falta amor, y no piden la gracia de Dios.
Pidan la intercesión de san José para todos mis sacerdotes, para que cumplan sus promesas de pureza, castidad y obediencia.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
