LUNES SANTO
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 41
Contemplemos a Jesús pendiendo moribundo de la cruz, derramando su preciosa sangre, dando como fruto los sacramentos. Acompañemos a María Dolorosa, que soporta todo por amor. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz, que nos dice:
Hijitos míos: vamos a contemplar a mi Hijo en la cruz.
Miren que ya casi no le quedan fuerzas.
Contemplen su cuerpo desangrado, totalmente entregado en medio de un sufrimiento atroz.
Contemplen ese brillo en sus ojos, ese fuerte destello de luz que manifiesta en medio de tanto dolor. Un momento de gozo en el que se complace diciendo estas palabras: “Todo está consumado”.
Y con esto da cumplimiento a las Escrituras, en cuanto al sacrificio del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, que los profetas anunciaron y que el pueblo de Israel esperaba y deseaba tanto para su liberación, aunque no creyeron en Él.
Contémplenlo pendiendo de esa cruz, satisfecho por haber cumplido en todo la voluntad de su Padre.
Y con esas palabras expresa el amor del Padre que tanto amó al mundo, que le dio a su único Hijo para que todo el que crea en Él se salve.
Da por terminada su misión en medio del mundo.
La humanidad ha sido orientada hacia el orden divino.
El cielo ha sido abierto, y ahora es tiempo de que sus sacerdotes, sus apóstoles, sus discípulos, continúen su misión, para que se aplique la eficacia de la cruz a cada hijo de Dios, y pone su esperanza en uno, en el único discípulo que ha permanecido al pie de la cruz.
¡Cuánta es la responsabilidad de Juan, que junto conmigo los debe ir a buscar, para reunirlos en torno a mí a la espera de que el Señor vuelva!
Contemplen la misericordia de Dios derramada a través de la sangre del Cordero sacrificado, para que los sacerdotes la administren a su pueblo a través de siete sacramentos, para consumar en cada uno todo lo que el Señor ha dejado consumado en la cruz.
Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que no creen en los sacramentos y no se acercan para recibir de las manos de los sacerdotes las gracias derramadas de la cruz, y desprecian a la persona del sacerdote, que consideran un simple hombre que trabaja para la Iglesia, y a la Santa Iglesia como a una simple empresa humana.
Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que piensan que pueden salvarse ellos mismos sin la ayuda de la gracia de los sacramentos, impartidos por las manos de los sacerdotes.
Pidan perdón por aquellos que no creen en la presencia real y substancial de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, y no creen que Cristo es en cada sacerdote, y desprecian el ministerio sacerdotal, porque entonces no creen en el Hijo único de Dios, en su misión salvífica a través de su sacrificio redentor, porque el creyente debe creer todo lo que el Señor nos ha revelado, y poner esa fe en obra, para que en Él todo sea consumado, y sea digno de ser salvado.
Acompañemos a María, piadosa, al pie de la cruz de su Hijo Jesús, y dejémonos purificar por su preciosa sangre, derramada para el perdón de nuestros pecados y la salud de nuestras almas. Escuchemos, en nuestro corazón, la voz de nuestro Redentor que nos dice:
Amados míos: contemplen en este madero inerte la fuente de salud y de vida, que es mi bendita sangre, derramada por la salvación de los hombres, y déjense transformar en instrumentos de mi misericordia, para que, a través de ustedes y de sus obras, fluya la gracia de conversión para mis sacerdotes y asistan a aquellos que se han cansado, a los enfermos, a los resignados, a los que ya no tienen fuerzas para caminar, y llévenlos a mi encuentro, a través de una renovación espiritual, para que recuperen las fuerzas, para que recuperen la salud y el ánimo, y vuelvan a tomar su cruz para caminar conmigo, llenándose de la alegría de sumergirse en las profundidades de mi misericordia.
Pidan perdón por los sacerdotes que se quedan sentados, aunque están sanos, porque ya no quieren caminar, porque tienen miedo de ir contracorriente llevando mi Palabra, que es salud y verdad, a ambientes adversos, en los que sienten amenazada su libertad, y prefieren callar y guardar la misericordia que yo les he dado para sanar a los enfermos, para consolar a los afligidos, para ayudar a los necesitados, para corregir a los que se equivocan y para perdonar sus pecados.
Pidan perdón por los sacerdotes enfermos que han dejado de luchar, que se han resignado y han perdido la fe, que no han sabido sus sufrimientos ofrecer, uniéndolos a mi cruz, para interceder por los pecadores, y se han alejado de mí, porque han perdido la fe y la esperanza.
Pidan perdón por los sacerdotes que no visitan a los enfermos y que no dispensan mi gracia.
Pidan por la conversión de mis sacerdotes paralíticos del alma, para que sanen, se levanten, y anden.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
