MARTES SANTO
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 42
Acompañemos a María al pie de la cruz, contemplando al Hijo de Dios, que entrega su vida, nadie se la quita. Él la da, Él es la vida, y se despoja totalmente de sí mismo por obediencia a su Padre y por amor a la humanidad. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de la Madre de Dios, que nos dice:
Hijitos míos: acompáñenme al pie de esta cruz, para contemplar a mi Hijo moribundo.
Ya casi no puede respirar.
Tan solo le quedan unos instantes en este mundo.
Contemplen su cuerpo ya sin fuerzas pendiendo de la cruz, su sangre derramada.
Ya casi no le queda nada.
Contemplen su entrega total.
Sus ojos ya no me miran. Está concentrado en una profunda oración mirando al cielo.
Escuchen sus últimas palabras y medítenlas en sus corazones:
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Y escuchen ese grito tan fuerte que ensordece mis oídos y atraviesa mi corazón.
Se ha ido.
El Rey ha muerto.
Descansa, Hijo mío. Yo esperaré en vela hasta que vuelvas.
Mediten esas palabras llenas de amor y de sabiduría.
Jesús nos muestra el camino para llegar al Padre. El camino es de cruz y es de entrega total en las manos del Padre, encomendando el espíritu, confiando totalmente en su bondad y en su misericordia, y en que Él nos resucitará para la vida eterna por los méritos del sacrificio de su Hijo Jesucristo.
En esta cruz el Señor deja claro que Él no actúa por su cuenta, no hace nada solo. Todo lo ha hecho en obediencia, y sometido a la voluntad del Padre que está en el cielo, a quien encomienda en el último momento de su vida en este mundo su espíritu.
Y antes de expirar, en el último aliento, lanza este grito que anuncia su victoria sobre la muerte, sobre el pecado, sobre el mundo, y que descenderá a los infiernos para liberar a justos y a pecadores de la muerte, porque ha abierto para todos las puertas del cielo.
Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que no creen en el sacramento de la unción de los enfermos.
Pidan perdón por aquellos que, teniendo oportunidad, no aceptan y no reciben los auxilios espirituales para preparar su alma, encomendando su espíritu en las manos de Dios.
Pidan perdón por aquellos que no permiten que se administre el sacramento de la unción de los enfermos a sus seres queridos, porque tienen miedo de que se den cuenta de que se están muriendo y les cause tristeza, angustia y sufrimiento, pero les niegan la posibilidad de presentarse dignamente ante el Señor cuando los llame a su encuentro.
Pidan perdón por aquellos que piden a los sacerdotes que acudan a atender a sus enfermos moribundos solo con la intención de que les concedan la salud, no a sus almas, sino a sus cuerpos.
Pidan perdón por aquellos que rechazan la gracia de un sacerdote, aun cuando saben que están muriendo.
Acompañemos a María, haciéndonos ofrenda con ella al pie de la cruz, para unirnos al sacrificio de su Hijo Jesús, contemplando su pasión, y recibamos su gracia meditando especialmente en esos momentos en que fue apresado y encerrado en el frío y oscuro calabozo, como si fuera un malhechor. Escuchemos, en nuestro corazón, la voz del Cordero de Dios que nos dice:
Amados míos: reciban mi gracia a través de la contemplación de mi pasión.
Contemplen ese calabozo frío, oscuro y húmedo, sucio y pestilente, en donde fui arrojado la noche que me apresaron, y en el que estuve atado de manos y pies con cadenas, como el más peligroso malhechor.
Contemplen mi silencio, mi incomodidad y cansancio, mi oración aceptando la voluntad de mi Padre, aceptando beber de ese cáliz que en el monte de los olivos me confirmó.
Toda la noche pasé haciendo oración, pidiendo a mi Padre y al Espíritu Santo las gracias que necesitaba para consumar mi misión.
Sabía que me torturarían hasta la muerte.
Sabía que sería despreciado, abucheado, maldecido, maltratado, que se burlarían de mí, que me golpearían con odio y con furia, que me esperaba la muerte al día siguiente, y una muerte de cruz.
Contemplen mi serenidad y mi paz, seguro de que estaba haciendo la voluntad de aquel que me había enviado con una misión muy clara: dar mi vida derramando mi sangre, para salvar a toda la humanidad.
Y permanecí en vela en medio de la oscuridad de la noche y del frío de ese lugar, rogando por el perdón de los pecados y la salvación de todos los hombres, pidiendo perdón a Dios por todo lo que me ofenderían, por todas las torturas, el odio, y las malas intenciones de los corazones que desearían mi muerte.
Contemplen las lágrimas de mis ojos al pensar en mis amigos, los que me habían abandonado, los que me negaron y me traicionaron. No solo los que me acompañaban como apóstoles, sino todos los sacerdotes que vendrían después de ellos, que me jurarían fidelidad, y que, al igual que ellos se dejarían dominar por su debilidad y me abandonarán y me traicionarán.
Contemplen mi corazón latir con fuerza sintiendo el sufrimiento de saber que mi Madre estaría ahí acompañándome, sufriendo conmigo, sosteniéndome, viéndome morir.
Pidan perdón por los sacerdotes que son encarcelados por haber cometido un delito, por haber cometido un pecado grave; por todos aquellos que son juzgados justamente porque son culpables, y pasan años en la tortura de una cárcel, y no siempre se arrepienten.
Pidan perdón por aquellos que son apresados y encarcelados, juzgados injustamente, por un delito que no cometieron, pero que en medio del suplicio de la cárcel cometen algo peor.
Por su desesperación y su ira se alejan de mí, blasfeman contra Dios, y son capaces de cometer los más atroces pecados y faltas contra aquellos que los han encarcelado, o que junto con ellos, han sido condenados.
Pidan las gracias que necesitan para la conversión de sus corazones, también por aquellos que no han sido juzgados por los hombres, pero que viven encadenados a un mundo de pecado, porque ellos me han negado, me han traicionado, me han abandonado.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
