18/02/2026

Contemplación de la Cruz 43 - Cuaresma

MIÉRCOLES SANTO

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 43

Acompañemos a María al pie de la cruz, contemplando al Hijo de Dios crucificado, que se mantiene fiel y persevera hasta entregar la vida para destruir la muerte. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de la Madre de Dios, que nos dice:

 

Hijitos míos: acompáñame al pie de la cruz. Vamos a contemplar el cuerpo de mi Hijo, verdadero hombre, y verdadero Dios, pendiendo de la cruz.

Está vivo, pero agoniza. Sufre terribles dolores por los tormentos a los que ha sido sometido su cuerpo, que es frágil como el cuerpo de cualquier hombre, porque Él se hizo en todo como los hombres, menos en el pecado.

Nunca cometió pecado. Sin embargo, su cuerpo está destrozado por los golpes y los azotes, que recibe asumiendo todos los pecados de la humanidad.

Contemplen las heridas en su cuerpo. Son muchas, son profundas, están abiertas, sangran abundantemente.

Contemplen su cuerpo desangrado, debilitado. Se pueden contar todos sus huesos. La gente perversa lo observa, lo maldice, sin comprender que este santo sacrificio es por ellos, para salvarlos, porque los ama. Es un Rey, y lo hacen parecer tan solo un reo de muerte.

Contemplen su fidelidad a la Divina Voluntad y su perseverancia heroicas. Todo lo soporta por amor.

Contemplen el rostro desfigurado del Crucificado, y reconozcan ante los hombres y ante Dios al único y tres veces santo. Él es el Mesías, el santo de Dios, la Palabra encarnada, la luz que vino al mundo, pero el mundo no lo recibió.

Recíbanlo ustedes. Ámenlo ustedes. Adórenlo ustedes. Pídanle la gracia de no ofenderlo, de no traicionarlo, de no negarlo, de no volver a crucificarlo con sus pecados jamás.

Contemplen en el Crucificado la misericordia de Dios, que, a pesar de sus traiciones, de sus ofensas, siempre los perdona. Los confronta con ustedes mismos a través de sus conciencias, para que se den cuenta cuando se equivoquen y pidan perdón, rectifiquen, pidan la gracia y no vuelvan a pecar.

Pídanle la gracia de tener el alma tan enamorada de Dios, que mientras sean ustedes más conscientes de sus debilidades, más ayuda reciban para superar la tentación y la prueba, de modo que puedan vivir en santidad, sin cometer pecado, sin ofender a Dios, imitándolo, renunciando totalmente a ustedes mismos, y dejando obrar al Hijo de Dios en ustedes, que nunca cometió pecado.

Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que no comprenden el significado del sacrificio del Hijo de Dios en la cruz, y no lo valoran.

Pidan perdón por aquellos que no hacen un examen de conciencia en la oración, y no analizan sus acciones –lo que han hecho o no han hecho, ofendiendo a Dios–, antes de acudir al confesionario, y confiesan sus pecados sin verdadero arrepentimiento, o sin tomar conciencia de cuáles son sus ofensas, ni de la gravedad de sus pecados, y no perseveran en la fidelidad a la amistad con Cristo, porque no piden la gracia para no volver a pecar.

Pidan perdón por aquellos que no se confiesan, porque su soberbia les impide ver sus debilidades, y viven como si estuvieran libres de pecado, sin santo temor de Dios, y desprecian el poder de Cristo que los sacerdotes tienen en sus manos, para perdonarlos y sanar sus almas, fruto de la preciosa sangre del Hijo de Dios derramada en el sacrificio de la cruz.

 

Acompañemos a María, contemplando el misterio de la salvación, la revelación de la verdad, el Cordero de Dios que ha sido enviado al mundo como víctima de expiación de nuestros pecados y los de toda la humanidad. Escuchemos, en nuestro corazón, la voz del Crucificado, que nos dice: 

 

Amados míos: contemplen mi cruz, para que participen de mi gloria.

Contemplen al Hijo de Dios, al Cordero de Dios, al Mesías, al Salvador, al Verbo hecho carne, muerto en la cruz.

Contemplen la misericordia derramada a través de mi bendita sangre.

Contemplen mi entrega total en manos de los hombres y mi espíritu en las manos de mi Padre, en quien me abandono confiando en su promesa, esperando que Él me resucite para darle al mundo la vida eterna.

Contemplen la obra de Dios, que es la Santa Iglesia, y en ella a todos los hijos de Dios reunidos como testigos de su misericordia.

Contemplen a los pastores que, configurados conmigo en la cruz, reúnen a mi pueblo para darles testimonio de mí, a través de mi Palabra y de sus obras.

Contemplen mi cuerpo torturado, mi rostro desfigurado, y vean en este cuerpo y en este rostro la imagen del pecado que ha sido destruido con mi muerte, y sean en esta contemplación ustedes testigos de mi victoria.

Pidan perdón por los sacerdotes que no dan testimonio de mí.

Pidan perdón por los sacerdotes que dan falso testimonio de mí.

Pidan perdón por los sacerdotes que causan escándalo, y, aun siendo testigos de mi verdad, confunden a los fieles, que en lugar de acercarse a mí, me abandonan, se van, no creen en mí, porque las obras malas de ellos no dan testimonio de mí.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que maldicen, que critican, que juzgan, que hacen obras malas, o que no participan de mi cruz.

Pidan perdón por aquellos que no hacen mis obras, que no llevan al mundo mi misericordia, y que, en lugar de estar conmigo, están contra mí.

Pidan la conversión de los sacerdotes que viven con el rostro desfigurado ante los hombres a causa de sus pecados.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!