18/02/2026

Contemplación de la Cruz 44 - Cuaresma

JUEVES SANTO

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 44

Acompañemos a María, al pie de la cruz, contemplando en este día santo la grandeza del sacerdocio, meditando el misterio de la Sagrada Eucaristía, dejándonos lavar los pies por nuestro Señor, aprendiendo de Él a servir y a entregar la vida, amando hasta el extremo. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de la Madre de Dios, que nos dice:

Hijitos míos: acompáñenme. Vamos a contemplar al Sumo y Eterno Sacerdote crucificado. Él, que nunca cometió pecado, se donó a sí mismo para hacerse ofrenda para Dios en un único y eterno sacrificio, haciéndose pecado, para morir y destruir el pecado y la muerte para siempre.

Contemplen su corazón sacerdotal, lavando los pies de sus apóstoles –también los de aquel por quien iba a ser entregado–, para enseñarles a servirse unos a otros, para manifestar que se aman unos a otros como Él los amó, y para que ellos sepan lo que tienen que hacer con el pueblo de Dios.

Contémplenlo compartiendo el pan, instituyendo el sacramento de la Sagrada Eucaristía y el Ministerio Sacerdotal, configurando a sus apóstoles con Él, confiriéndoles su poder a través del sacramento del Orden, para que obren en su nombre. También a aquel por quien iba a ser entregado, a aquel por quien iba a ser negado, a aquellos por quienes iba a ser abandonado, y a aquel que iba a permanecer a su lado, al pie de la cruz, hasta el final, porque su corazón permanecería ardiente de amor, configurado con el corazón de Cristo.

Contemplen a Jesús orando con sus nuevos sacerdotes, siendo traicionado, vendido por treinta monedas, y entregado por uno de ellos, para ser arrestado y condenado a muerte.

Contemplen al Hijo de Dios, orando, agradeciendo al Padre que su hora había llegado, y sintiendo angustia de muerte, derramando abundante sudor con sangre, bebiendo del cáliz de su sacrificio en la cruz. Angustia con la que el Padre le confirmaba su divina voluntad, y le mostraba lo que iba a pasar: el Hijo asumiría como propios todos los pecados de la humanidad, pasados, presentes y futuros.

Se transformaría Él mismo en pecado –la antítesis de Dios–, en despojo abominable, pero seguiría siendo hombre y Dios; sufriría el dolor de las ofensas a Dios, como si Él mismo las hubiera cometido, y al mismo tiempo sufriría las ofensas de esos pecados contra Él mismo.

Y todos los golpes y heridas serían la expresión de ese dolor, para que los hombres vean cuánto los ama Dios, que les dio a su único Hijo como víctima de expiación por sus pecados, para ser purificados con su preciosa sangre, y una vez perdonados puedan entrar al Paraíso que Dios tiene preparado para los que lo aman.

Pidan perdón, hijitos, por aquellos miembros de la Iglesia que no participan de las celebraciones en los días santos, que no meditan la pasión y muerte del Señor, y viven con indiferencia, sin piedad, sin devoción.

Pidan perdón por todos los que no creen en el sacramento del Orden sacerdotal, ni en la configuración del sacerdote con Cristo. Por tanto no creen en el poder que Cristo les confiere a los sacerdotes para obrar en su nombre, y no les aprovecha la gracia derramada de los sacramentos, fruto de la cruz.

Pidan perdón por los que no creen en la Sagrada Eucaristía y no participan del banquete del Señor, y por los que creen que el pan y el vino consagrados son tan solo un signo que recuerda el sacrificio de Cristo, pero no creen que sea Él quien se hace verdaderamente presente en el altar.

Pidan perdón por los que no rezan por los sacerdotes. Y acompáñenme, oremos por ellos ustedes y yo.

 

Acompañemos a María, contemplando a Jesús con sus brazos extendidos en la cruz, y extendamos nuestros brazos con Él, participando de su banquete eterno, alabando a Dios, agradecidos por atraernos a Él, porque es por el Hijo que podemos llegar al Padre.

 

Amados míos: contemplen al Hijo de Dios que, llegada su hora, se ha entregado en las manos de los hombres, para ser torturado y crucificado, para dar la vida por el perdón de los pecados de los hombres.

Contémplenme para que me conozcan.

Conózcanme para que me amen y me imiten.

Procuren hacer mis obras, imitar mis virtudes, luchar por parecerse a mí.

Contemplen mis brazos extendidos en la cruz en señal de alabanza a Dios, en señal de entrega total por amor a Dios y a los hombres, en señal de espera, de acogida, de invitación, para que todos vengan a mí, porque es por mí como van al Padre.

No tengan miedo y no se escondan. Antes bien, extiendan sus brazos conmigo y den testimonio de mí, porque ustedes son los elegidos de mi Madre, y por ella me han conocido, para que traigan a mis sacerdotes a mí, a aquellos que, aunque están configurados conmigo, no se parecen a mí, porque no hacen mis obras, porque no imitan mis virtudes, porque dicen estar conmigo, pero sus corazones están lejos de mí.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que tienen miedo, que no abrazan mi cruz, que se esconden, aun sabiendo que su hora ha llegado desde el día de su Ordenación, en el que dijeron “sí”, y fueron conmigo configurados.

Pidan perdón por los sacerdotes que aun estando configurados conmigo no se parecen a mí.

Pidan perdón por los sacerdotes que, a pesar de seguirme sirviendo a mi pueblo, aún no me conocen, porque no escuchan mi Palabra, no la ponen en práctica; porque no hacen oración, y no disponen bien su corazón para santificarse y alcanzar la perfección.

Pidan por la conversión de los sacerdotes que no extienden sus brazos conmigo en la cruz; permanecen de brazos cruzados, abrazándose a ellos mismos, sintiendo lástima por sí mismos, por ser despreciados y perseguidos por mi causa.

Si ellos me conocieran, no dudarían en dar su vida por mí. Sabrían que su hora ha llegado, y reunirían a mi pueblo en torno a mí, porque quien verdaderamente me conoce permanece conmigo, y desea y lucha para que todas las almas vengan a mí, me conozcan y me amen.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!