18/02/2026

Contemplación de la Cruz 45 - Cuaresma

VIERNES SANTO

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 45

Acompañemos a María, contemplando con ella a su Hijo muerto, pendiendo de la cruz. Dejemos que la espada de dolor que atraviesa su alma también atraviese nuestro corazón. Sintamos el dolor de su corazón de Madre, al ver a su Hijo y a su Dios desterrado del mundo. El que es la vida yace sin vida en un sepulcro. Escuchemos la dulce y sufriente voz de la Madre de Dios, que, al pie de la cruz, nos ha recibido como verdaderos hijos, y nos dice:

 

Hijitos míos: vengan a contemplar conmigo el cuerpo muerto de          mi Hijo, que ha sido bajado de la cruz y me lo han devuelto a mis brazos.

La lluvia ha lavado su cuerpo.

Pero miren sus heridas. Aún tiene la sangre fresca.

¡Bendita sangre!

¡Preciosísima sangre que protege a todo aquel que se deja cubrir con ella!

Sangre que ha sido derramada en la cruz y que ahora ha absorbido la tierra.

Preciosa sangre del Hijo de Dios que lava, que limpia, que purifica, que  renueva, que protege de los ataques y acechanzas del enemigo, que abre las puertas del Paraíso, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna.

Contemplen las heridas en su cabeza, perforada por las espinas de su corona que le ha sido retirada.

Contemplen sus ojos cerrados, que han sido apagados. Ya no tienen luz.

Contemplen las heridas de sus manos y de sus pies. Profundas llagas causadas por el hierro de los filosos clavos que traspasaron su carne.

Contemplen su rostro desfigurado.

Ha sido tan golpeado, tan torturado, tan maltratado, que nadie puede reconocerlo.

Contemplen la herida de su costado. Su corazón ha quedado expuesto, se lo han atravesado.

Contemplen las heridas profundas y numerosas por todo su cuerpo.

¡Qué castigo tan terrible y tan atroz le han impuesto al Hijo de Dios!

Él, que nunca cometió pecado, ha pagado por los pecados de todos los hombres.

Ha sido humillado, torturado, y tratado como un malhechor.

Yo sabía cuál era su misión.

Sabía que su vida entregaría para el perdón de los pecados de los hombres y la salvación del pueblo de Dios, porque Él es el Mesías.

Pero nunca imaginé tal horror.

¡Cuán despiadados pueden ser los hombres!

¡Cuánta furia!

¡Cuánta ira!

¡Cuánta maldad, y cuánto dolor, y cuánto sufrimiento ha padecido este cuerpo, que ahora está muerto, pero que yo llevaré y sufriré en mi corazón!

Ahora contemplen cómo se lo llevan.

Lo envuelven en lienzos, lo ungen con perfumes, que no necesita, porque el aroma que desprenden su cuerpo y su sangre es el aroma de los más exquisitos perfumes, de las más hermosas flores.

Aroma de vida, que huele a hierba fresca y a tierra mojada.

Contemplen cómo es puesto en el sepulcro vacío, oscuro y frío.

            Cómo es sellada la puerta con una gran loza de piedra, y ahí queda                 resguardado el cuerpo sagrado del Hijo de Dios, vacío, sin vida,                      pero que manifiesta la victoria del Hijo de Dios sobre el mundo,                 destruyendo el pecado.

    Y así como el cuerpo de mi Hijo, es como se queda también mi             corazón. Sin nada. Pero aún conservo la fe, la esperanza y la                 caridad.

    Espero y confío en el Señor y en sus promesas, hasta que vuelva.

        Es hora de irnos a casa con Juan, tal y como mi Hijo lo mandó.

        Pero antes, vamos a adorar la cruz vacía, el madero inerte, que                 ahora es árbol de vida, que fue instrumento para que el Señor                 derramara su bendita sangre y trajera al mundo la salvación.

            Adoren la cruz, hijitos, y pidan perdón, suplicando a Dios Padre,                     por los méritos de Jesús en la cruz, que tenga compasión por                         ustedes, por toda la Iglesia, y por los hijos de la Iglesia que                     yo he acogido en mi corazón, porque Él, en la figura de                 Juan, el discípulo amado, me los dio, para mostrarles el camino que es de cruz, de acción de gracias y de amor.

       Adoren la cruz, diciendo estas palabras:

        «Señor, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido                 perdón  por los que no creen, no adoran, no esperan y         no te aman».

 

 

 

 

 

 

Acompañemos a María, imitando su sí, permaneciendo con ella al pie de la cruz, sosteniendo a Jesús con sus oraciones, con su presencia, con su amor, con su disposición, con su fortaleza, con su fidelidad, con su entrega, con su obediencia a la voluntad del Padre. Escuchemos la voz del Crucificado, que en su último aliento nos dice:

 

Amados míos: contemplen en la cruz el perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios, que se manifiesta a través del único sacrificio agradable a Dios, para la redención de los hombres.

El Hijo único de Dios inmolado en la cruz, y la Madre del Hijo de Dios al pie de la cruz, entregándose totalmente a Dios de una vez y para siempre, desde el momento en que la Madre dijo: “Sí, hágase en mí, Señor, según tu palabra”, y el Hijo fue engendrado en su vientre puro e inmaculado, y en esta cruz todo ha sido consumado.

Contemplen el sacrificio del Hijo de Dios, entregando su cuerpo y derramando su sangre, entregándose voluntariamente a la muerte en obediencia al Padre, y contemplen a la Madre que dijo “sí” todos los días de su vida, recibiendo al Verbo encarnado en su vientre, llevándolo nueve meses en su vientre, dando a luz al que es la Luz del mundo, cuidándolo, enseñándolo, protegiéndolo, y preparándolo durante toda su vida para este momento, el momento del sacrificio, para dar cumplimiento a la voluntad de Dios, un sacrificio más grande que el del hijo de Abraham.

Y ella, permaneciendo firme, con una fe, disposición, entrega, fortaleza y determinación más grande que la de Abraham, donando a su Hijo en sacrificio, entregándolo en las manos de los hombres para ser torturado, flagelado, inmolado, crucificado y muerto en la cruz, para cumplir la voluntad del Padre.

Ese “sí” que le dijo al ángel, lo sostuvo al pie de la cruz, lo que le mereció que Dios la hiciera Madre de todos sus hijos. No solo una descendencia tan grande como las estrellas del cielo, sino ser Madre de todos los hijos de Dios de todos los tiempos, de todas las generaciones, y el honor de ser coronada Reina de cielos y tierra, porque para eso la creó.

Contemplen en ella el perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios, y en su corazón herido y traspasado de dolor, el sufrimiento por todos sus hijos, los que no cumplen la voluntad de Dios, y no valoran, por tanto, mi sacrificio redentor.

Pidan perdón por todos aquellos sacerdotes, los que un día dijeron “sí” y fueron configurados conmigo, para que se hiciera la voluntad de Dios en ellos, pero después se alejaron de mí, no cumplen la voluntad de Dios, y no participan en mi sacrificio redentor.

Pidan perdón por todos los sacerdotes que no perseveran en el cumplimiento de su misión y no le entregan su voluntad a Dios, para que Él haga sus obras a través de ellos, que es para lo que han sido creados, para lo que han sido consagrados desde antes de nacer, para lo que han sido llamados, para lo que han sido elegidos y ungidos.

Pidan para ellos la intercesión de mi Madre, la llena de gracia y medianera de todas las gracias, para que se conviertan, y haciendo la voluntad de Dios, alcancen su santificación y la de todo el pueblo de Dios, para que en ellos se consume mi misión redentora, y sea la voluntad del Padre en cada hombre, que es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!