18/02/2026

Contemplación de la Cruz 46 - Cuaresma

SÁBADO SANTO

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 46

Acompañemos a María, en este día de luto, de soledad y silencio, contemplando con profundo respeto y admiración el dolor de su corazón de Madre, y compadeciendo y compartiendo sus mismos sentimientos y el dolor de la espada que atraviesa su alma. Escuchemos su dulce voz, que nos dice:

 

Hijitos míos: acompáñenme en silencio.

Contemplen en mi corazón a todos los hijos que Dios me dio, hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos, ancianos, que caminan como ovejas perdidas, porque han matado a su pastor.

Contemplen el mundo vacío, triste, sin Dios, sin nada.

¿Quién los guiará?

¿A dónde irán?

¿Quién los alimentará?

¿Quién los llevará a la fuente de agua viva y les dará de beber?

¿Quién les dará vida, si el que es la Vida yace muerto en el sepulcro?

El Hijo de Dios ha muerto derramando su sangre en la cruz, hasta la última gota, para el perdón de los pecados del mundo. Y a través de su sacrificio ha abierto para todos las puertas del Paraíso.

Pero, ¿cómo conocerán el camino?

Contemplen a los que tienen buenas intenciones en su corazón, a los que practican la caridad cumpliendo los mandamientos de Dios, a los que lo aman y lo obedecen.

¿Cómo alcanzarán la vida eterna?

Contemplen a los que no conocen al Hijo de Dios.

¿Cómo creerán en Él si está muerto?

Contemplen a los malvados, a los que tienen malas intenciones en su corazón, a los que solo se ven a sí mismos y se aprovechan de los demás y de los bienes para su propio beneficio.

Contemplen a los que no tienen caridad, a los que no tienen esperanza, y por su desesperación y soledad cometen los más graves pecados.

¿Cómo se convertirán?

Contemplen a los elegidos de mi Hijo, a sus apóstoles y a sus discípulos.

¿En dónde están?

¿Cómo continuarán la misión que les ha encomendado, si están sometidos por el miedo, y la tristeza inunda sus corazones y los paraliza?

¿Cómo puede el mundo progresar sin la presencia de Dios todopoderoso, por quien todo ha sido creado?

No todo está perdido, hijitos.

Nos queda la fe, la esperanza y la caridad.

Por la fe creemos en las promesas de mi Hijo Jesucristo.

Por la esperanza conservamos la serenidad y la paz del corazón, esperando hasta que vuelva.

Por la caridad conservamos el ánimo fuerte  y soportamos todo por amor, cumpliendo el mandamiento que Jesús nos enseñó, amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, también en medio de la prueba, del dolor, de la tristeza, de la angustia, de la soledad, en medio de un mundo en el que Dios ha guardado silencio.

Pero no nos desesperamos, porque creemos firmemente en su amor, y nuestra esperanza está puesta en su resurrección.

Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que no me acompañan, que no compadecen mi dolor, que viven estos días santos sin tomar conciencia de su significado, sin recordar ni agradecer el sacrificio redentor de su Señor, y sin tomar conciencia de lo que significa su resurrección.

Pidan perdón por los miembros de la Iglesia que dejan solos a sus pastores, que no los acompañan, y no los ayudan, y no participan en las celebraciones. Viven como si Dios no existiera y no reciben, a través de ellos, las gracias y bendiciones que el Señor quiere darles por su misericordia.

Pidan perdón por los que no valoran el sacrificio de Jesús en la cruz, y no valoran, y no agradecen, y no aprovechan el servicio, la guía y la entrega de vida por ellos de los sacerdotes.

Pidan perdón por aquellos hijos míos que no respetan el luto de esta Madre dolorosa, que ora por ellos mientras adora el cuerpo del Hijo de Dios muerto, Hijo de mis entrañas, carne de mi carne, sangre de mi sangre, amor de mi corazón, pidiendo para ellos la vida eterna que les concederá su gloriosa resurrección.

Compartan el dolor de la espada que atraviesa mi corazón.

Unan sus lágrimas a las mías, y oremos y adoremos, dando gracias a Dios por haber enviado a su Hijo al mundo, y permitirnos tener la dicha de haberlo conocido.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!