18/02/2026

Jn 20, 1-9 - Contemplación de la Cruz 47 - Cuaresma

DOMINGO DE RESURRECCIÓN (Jn 20, 1-9)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes

María Beatriz Arce de Blanco

CONTEMPLACIÓN DÍA 47

Acompañemos a María, en este día de alegría, agradeciendo el tiempo de Cuaresma y los días santos, en los que contemplamos la cruz, y ahora participamos con ella del gozo de la resurrección del Señor. Cristo ha vencido a la muerte. ¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya! Escuchemos la dulce voz de la Madre del Resucitado, que nos dice:

 

Hijitos míos: les agradezco que hayan venido a contemplar conmigo sobre el misterio de la cruz, no solo en medio del sufrimiento y del dolor, sino también en la alegría de la resurrección, porque el misterio no está completo si no es con la resurrección, porque si no creen que Cristo resucitó, vana es su fe.

Permanezcan al pie de la cruz conmigo, contemplando la cruz vacía, que reverdece y florece, y ahora es fuente de agua viva, porque Cristo ha resucitado, Él es la vida del mundo.

Contemplen cómo desde la cruz es conducida la gracia que lleva vida a todos los hombres a través        

de siete brazos, siete ríos, que son siete sacramentos.

Contemplen a Jesús vivo, sonriente, alegre,

deslumbrante, irradiando la luz de la gloria de Dios.

Contemplen su cuerpo.

Contemplen sus llagas.

Es Él, el mismo que contemplaron sufriente, crucificado y muerto en la cruz. Ha hecho de su instrumento de muerte un signo de amor y una fuente de misericordia, a través de la cual le ha mostrado al mundo el camino de salvación que lleva a las puertas de su Paraíso, que han quedado abiertas para todo aquel que crea en Él, porque todo el que crea en el Hijo de Dios, tendrá vida eterna.

         Y todo el que contempla el misterio de la cruz se  convierte en testigo de Cristo, de su pasión, de su muerte, de su resurrección, y de que Cristo vive en medio del mundo. Está presente verdaderamente en Cuerpo, en Sangre, en Alma, en Divinidad en la Eucaristía, y  tiene la responsabilidad de dar testimonio de Él.

    Que como fruto de esta contemplación el Señor les conceda la gracia de la fortaleza, de la prudencia, de la justicia, de la templanza, que los hagan crecer en las virtudes de la humildad, de la generosidad, de la perseverancia, de la tolerancia, de la valentía, de la constancia, de la fidelidad, y aumente en ustedes las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, y el Espíritu Santo los llene de sus dones de sabiduría, de consejo, de entendimiento, de piedad, de ciencia, de santo temor de Dios y de fortaleza, para que, a través del apostolado, lleven su testimonio al mundo de que Cristo está vivo, y el mensaje del resucitado a través del Evangelio, para que me acompañen y participen conmigo de su cruz y de su gloria, trabajando incansablemente por la justicia y la paz, consiguiendo la conversión de muchos corazones.

Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que no valoran la pasión y la muerte de mi Hijo Jesucristo, y por los que no creen en su resurrección.

Permanezcan conmigo al pie de la cruz, pidiendo  por los méritos del sacrificio de Jesús y su preciosísima sangre derramada hasta la última gota, la conversión de los pobres pecadores, porque todos son mis hijos y los amo, pero solo los justos verán a Dios.

 

 

Acompañemos a María, permaneciendo con ella al pie de la cruz, adorando el Cuerpo y la Sangre de Cristo vivo en la Eucaristía, contemplando la cruz vacía, de la que derrama su misericordia, para hacernos parte de su resurrección, a través de los sacramentos. Demos gracias, porque por sus llagas hemos sido salvados. Escuchemos la voz del Resucitado, fuente de luz y de vida, que con alegría nos dice:

 

Amados míos: El Hijo de Dios, que ha muerto en la cruz, que ha descendido a los infiernos para anunciar su victoria sobre la muerte y el pecado, que ha vencido al mundo, ha resucitado.

Permanezcan acompañando a mi Madre al pie de la cruz, contemplando las llagas del Crucificado que ha resucitado, y contemplando no un madero inerte en forma de cruz, sino el árbol de vida, del que he sido bajado muerto para ser entregado en los brazos de mi Madre y ser enterrado entre los muertos.

Contemplen cómo brota la vida de esta cruz a través de los sacramentos, vida del resucitado que no yace entre los muertos, sino que vive en cada sacerdote para dar vida al mundo.

Permanezcan al pie de la cruz de cada sacerdote, orando por ellos y haciendo la caridad con ellos a través de las obras de misericordia, para sostenerlos y perseveren en la fidelidad, muriendo al mundo conmigo, para resucitar conmigo y participar de la alegría de la vida de mi resurrección, llevando la vida al mundo a través de los sacramentos, fruto de mi sacrificio en la cruz.

Acompañen a mi Madre y perseveren ustedes haciéndose ofrenda, entregándose en sus benditas manos, para que ella los ofrezca a Dios, uniéndolos a mi sacrificio en la cruz, para que yo me glorifique en ustedes y así glorifique a mi Padre, y Él derrame gracias abundantes sobre mis sacerdotes, para que ellos se conviertan, y renovando sus almas, eleven su dignidad sacerdotal y vivan participando de la gloria de mi resurrección, para que den testimonio de que Cristo vive para la gloria de Dios Padre.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que aun viendo no creen.

Pidan perdón por aquellos que no continúan mi misión y no llevan los frutos de la cruz a mi pueblo. Ni ellos viven, ni le dan vida a mi pueblo.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que no perseveran en su cruz y no alcanzan la vida de mi resurrección, porque, para vivir, primero hay que morir.

Pidan las gracias que mis sacerdotes necesitan para creer que el pan vivo que hacen bajar del cielo con el poder que yo les he dado, soy Yo, Cristo vivo, verdadero alimento y verdadera bebida de salvación para la vida del mundo.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!