LA MUJER EN LA IGLESIA
ORACIONES Y REFLEXIONES
Desde el Corazón de Jesús
Para una Madre Espiritual
María Beatriz Arce de Blanco
Amada mía:
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.
Y vio Dios que no es bueno que el hombre esté solo, y le hizo una ayuda adecuada.
Hombre y mujer los creó.
Y si por una mujer vino la muerte al mundo, por una mujer vino la salvación.
La mujer tiene dones y capacidades diferentes al hombre, pero que lo complementan.
La mujer tiene la capacidad de ser madre, de dar vida, de darse y de dar la vida por los hijos.
La Iglesia, como madre, es mujer, y no hay alguien que comprenda mejor a una mujer que otra mujer.
Por eso, el papel de la mujer en la Iglesia, como miembros de la Iglesia, es fundamental, para que actúe como madre que conoce, que atiende y que ama a los hijos; para que enseñe, que corrija, que acoja, que acompañe al ejército del Rey; para fortalecer a todos los soldados con la gracia de Dios y ganar todas las batallas. Porque la lucha espiritual es muy fuerte, y el sacerdote solo se pierde.
Es la Madre la que pisa la cabeza de la serpiente, y con ella las mujeres con corazón de madre, porque he puesto la enemistad entre el diablo y la mujer, y entre sus linajes.
La mujer tiene valor para entregar la vida, nadie se la quita, ella la entrega por sus hijos.
La mujer es de cuerpo débil, pero de espíritu fuerte.
La mujer es experta en obrar el amor a través de la misericordia.
La mujer es maestra de amor.
La mujer es fecunda, da vida.
La mujer es vínculo de unión, une, fortalece, sostiene.
Las mujeres con corazón de madre vivifican todos los ambientes.
Pero cuidado con las mujeres que no tienen corazón de madre, porque pueden pretender inducirlos a la tentación y al pecado. Y el que no está conmigo está contra mí.
Mi Madre es Madre de todos los hombres.
El que quiera parecerse a mí, que se considere hijo, que la considere Madre, y que se deje reunir bajo la protección de sus alas, para que sea fortalecido, cuidado, protegido.
La compañía de la Madre fortalece al hijo, lo cuida, lo alimenta, lo protege, lo ayuda a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia de Dios; lo guía, lo enseña a obrar con amor, le da seguridad, le hace llegar la misericordia y lo mantiene en el camino; lo ayuda a perseverar y a ganar todas las batallas.
Y esta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él y él será hijo para mí.
(Anhelos, n. 62)
