16/03/2026

CORAZON DE MADRE

CORAZÓN DE MADRE

ORACIONES Y REFLEXIONES DESDE EL CORAZÓN DE MARÍA

Para una Madre Espiritual

María Beatriz Arce de Blanco

«Concebirás y darás a luz un hijo» (Lc 1, 26-38).

María, Madre mía: enséñame a decir sí a mi vocación a la Maternidad Espiritual, para aceptar que el Espíritu Santo engendre en mi corazón de madre a Jesús, en cada uno de mis hijos espirituales sacerdotes.

Enséñame a recibirlos con el amor con el que tú recibiste a Jesús en tu corazón y en tu vientre inmaculado.

Intercede por mí, para que pueda tener un corazón como el tuyo.

Enséñame a ser una buena Madre Espiritual. Abre mi corazón, y concédeme la gracia de escucharte.

Hija mía:

Ser madre es hacerse última, para ser primera.

Primera en servir, en amar, en dar, en entregarse, en generosidad, en humildad, en demostrar la fe, en dar esperanza, en dar caridad.

Primera en aconsejar, en enseñar, en consolar, en perdonar, en sufrir con paciencia los defectos de los demás, en orar por sus hijos vivos y muertos.

Primera en alimentar, en dar de beber, en vestir al desnudo, en acoger al necesitado, en visitar al enfermo, en visitar al preso, en dar digna sepultura al muerto.

Primera en bendecir, en alabar, en adorar, en glorificar a Dios.

Primera en decir sí a la voluntad de Dios.

Última, para ser la esclava, y primera, para servir a Dios.

El corazón de una madre es suave, dulce, tierno, sensible, de carne, expuesto a ser herido, humillado, abandonado, criticado, despreciado, lastimado. Pero atractivo, porque en él está el amor, y es amado, respetado, cuidado, bendecido, venerado.

El corazón de una madre es paciente, es clemente, es generoso, es misericordioso, porque al dar la vida dando vida, se hace morada del Espíritu Santo; y es sabio, entendido, da consejo, es fuerte, tiene ciencia y piedad, pero, sobre todo, el corazón de una madre es temeroso de Dios, y se hace última, para llevar a sus hijos a Dios.

Mi maternidad fue concedida por un sí, en la pureza de la intención de mi corazón de niña, humilde, inocente, entregado, deseoso de recibir y ser llenado; que estuvo dispuesto a recibir al Espíritu Santo, y con Él, recibí el Amor.

Y mi corazón fue llenado de alegría, y desbordado de Dios, concebido en mi vientre por obra del Espíritu Santo, encarnando el Amor en la pequeñez de mi humanidad para hacerse hombre, para hacerse Hijo, para hacerme Madre.

Y el Verbo se hizo carne, para habitar entre los hombres.

Y a mí me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes obras el que es todopoderoso y santo, y su misericordia alcanzará de generación en generación a los que le temen, para derribar a los poderosos y enaltecer a los humildes, para colmar de bienes a los hambrientos y despedir a los ricos con las manos vacías.

Una madre da la vida para que el hijo tenga vida.

Una madre da la vida disminuyendo, para que el hijo crezca.

Una madre da la vida acompañando al hijo, para que nunca se pierda.

Una madre da la vida para sostener al hijo, para que persevere en cumplir con su misión, según la voluntad de Dios.

Una madre permanece y acompaña cuando todos se han ido.

Una madre consuela y abraza cuando parece que todo está perdido.

Una madre compadece, y conforta, y da esperanza, porque un corazón de madre siempre conserva la fe.

Tú has sido llamada para ser madre conmigo. Yo comparto contigo los tesoros de mi corazón, para que los entregues a mis hijos –tus hijos espirituales sacerdotes–, para que aumenten su fe, para darles esperanza, para darles la caridad de mi corazón, y mostrarles que yo soy Madre.

(Anhelos, n. 56)