27/03/2026

DOLORES DE MARIA

DOLORES DE MARÍA

ORACIONES Y REFLEXIONES

Desde el Corazón de María

Para una Madre Espiritual

María Beatriz Arce de Blanco

Hijita mía: te mostraré mis dolores.

El primero: mi silencio, desde la Anunciación. Guardar tesoro tan preciado: un embarazo divino en un mundo humano.

Luego el nacimiento en un lugar desconocido, tan pobre, tan humilde, dando a luz al Hijo de Dios, en silencio, con la confianza puesta en Él.

Y Él dio a conocer esto solo a algunos, a los que Él eligió para adorarle primero: los pastores.

Luego la profecía de Simeón: en medio de mi alegría el anuncio del dolor, en silencio.

Después tener que esconder este tesoro, cuidarlo y protegerlo lejos de casa, solos, con la confianza puesta en Dios.

La angustia de haberlo perdido, buscándolo sin encontrarlo. La soledad como ahora, sin Él.

La despedida cuando se fue a ser bautizado por Juan, y emprendió su camino. Otra vez dejándome en esta soledad, sin Él, cada despedida, sin saber cuándo lo volvería a ver.

Mi sufrimiento en ese Getsemaní de mi alma, queriendo entregar mi vida para que Él no tuviera que sufrir. Petición que el Padre tornó en un compartir con mi Hijo esta redención para cumplir su voluntad.

Y entonces el encuentro de un rostro distinto, desfigurado, sangrante, humillado, golpeado, la belleza destrozada por el pecado de los hombres, y ver en su mirada amor y compasión...

Esa cruz levantada con el Hijo de mis entrañas clavado en ella; carne de mi carne, que había sido despiadadamente desgarrada; sangre de mi sangre, que brotaba incesantemente de cada herida...

Y su mirada elevada al cielo pidiendo compasión y piedad, perdonándolo todo.

Recibir su cuerpo en mis brazos, totalmente destrozado, inerte, vacío, sin vida.

Entregar al sepulcro, frío y oscuro, ese cuerpo divino de hombre y Dios...

Y luego el llanto y la desolación de muchos, que me buscaban implorando perdón por haberlo abandonado. Lágrimas sinceras que buscaban consuelo. Yo fui su consuelo y sufrí el dolor de todos ellos.

Pero el dolor más grande, el que sientes en tu corazón, es el de la espada que atraviesa el mío, por aquellos que mi Hijo ama tanto, y los llama y van con Él, pero no lo dejan todo, y lo traicionan, como Judas, una y otra vez, y lo entregan y lo crucifican, una y otra vez.

Ellos son pastores elegidos para adorarlo primero.

A ellos se les revela su grandeza.

A ellos se les entrega el tesoro: que lo reciban, que lo cuiden, que lo guarden.

En ellos está puesta la confianza de mi Hijo.

En cada uno de ellos yo veo a mi Hijo vivo.

Son Cristos que continúan con la misión de mi Hijo.

Son instrumentos de salvación para todas las almas, y mi Hijo vive en ellos.

La esperanza de la Resurrección me acompaña en esta soledad sin Él.

Pide, hijita mía, con todo tu corazón, que los sacerdotes, pastores del pueblo de mi Hijo, se dispongan a resucitar con Cristo a una vida nueva, en Él.

La misericordia les ha sido concedida. Que la gracia de la resurrección sea bien recibida por cada uno de ellos, para que sepan ser luz en el camino de las almas y las conduzcan a la vida eterna.

Que beban todos del mismo cáliz. Este es mi deseo, para que el sacrificio de mi Hijo y todo mi dolor no sea en vano; para que el fruto de esta entrega, como ofrenda a Dios Padre, sea darle gloria en cada alma redimida por la sangre preciosísima derramada por mi Hijo, como Víctima y Cordero, para el perdón de los pecados del mundo entero.

(Anhelos, n. 51)