03/04/2026

AGRADECER CON MARIA

AGRADECER CON MARÍA

ORACIONES Y REFLEXIONES

Desde el Corazón de María

Para una Madre Espiritual

María Beatriz Arce de Blanco

«¡Oh cuán triste y afligida

estaba la Madre herida,

de tantos tormentos llena!

Haz que su cruz me enamore

y que en ella viva y more

de mi fe y amor indicio;

porque me inflame y encienda

y contigo me defienda

en el día del juicio»

(Secuencia)

María, Madre mía: enséñame a acompañarte en este día de dolor y silencio. Te amo y quiero consolarte.

Intercede por mí, para que pueda tener un corazón como el tuyo y compadezca tu dolor.

Enséñame a ser una buena Madre Espiritual. Abre mi corazón, y concédeme la gracia de escucharte.

 

Acompáñame hijita, en este día de dolor, de soledad y de oscuridad, y oremos agradeciendo a Dios, porque se ha hecho su voluntad.

Ora conmigo, agradece conmigo, comparte mi silencio y el dolor de mi corazón. Es así como me acompañas.

No todos han entendido el verdadero sufrimiento de mi corazón y el agradecimiento que debo a Dios.

Acompáñame y demos gracias.

Gracias, porque Dios se ha dignado mirar la humillación de su esclava, y ha tomado mi carne para hacerse carne.

Gracias, porque me dio la gracia para decir sí, hágase en mí según tu Palabra.

Gracias, porque la Palabra se hizo en mí, y en mi vientre brilló la luz para el mundo.

Gracias, por esta oscuridad en la que los hombres verán brillar la luz de nuevo y para siempre.

Gracias, porque Dios hizo ver a José que Él lo necesitaba para cuidarme y protegerme, porque llevaba un tesoro en una vasija de barro.

Gracias, porque el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros para traer la salvación al mundo entero.

Gracias, por el fruto bendito de mi vientre virgen, en el que fue engendrado por obra del Espíritu Santo, para nacer en medio de la pobreza y la miseria de los hombres, para hacerse débil con los débiles, y siendo libre, hacerse esclavo, para ganar a muchos, porque Él no vino al mundo a ser servido, sino a servir.

Gracias, porque fue cuidado y protegido, cuando fue perseguido desde su nacimiento.

Gracias por su niñez, en la que lo vi dar sus primeros pasos, jugué con Él, lo cuidé como una madre a un niño, y lo vi crecer en estatura y en sabiduría.

Gracias, porque fue discípulo y fue maestro. Y siendo discípulo, nos enseñó a cumplir la ley de Dios, atendiendo las cosas de su Padre; y aunque no lo entendimos, vimos que aprendió a obedecer, sometiéndose a sus padres.

Gracias por su juventud, en la que aprendía a ser un hombre, sin dejar de ser un niño.

Gracias, porque pude estar siempre junto a Él, y tantas veces compartir la mesa con Él.

Gracias, porque aprendió de su padre a trabajar y a estudiar, despertando su inteligencia, su fortaleza y su sabiduría, con la que adquiría todo el conocimiento de la ley de los hombres y de la ley de Dios, desarrollando los dones con que lo llenaba el Espíritu Santo, y que lo hacían discernir, con templanza y mansedumbre, lo que era el bien de lo que era el mal, para escoger siempre hacer el bien y amar a Dios a través de los hombres.

Gracias, porque aprendió y demostró al mundo cómo se puede vivir en santidad en medio del mundo, del trabajo y las labores, sirviendo a Dios a través del servicio a los hombres, resistiendo a todas las tentaciones, rechazando el pecado, alabando y glorificando a Dios, en cada obra, en cada acto.

Gracias por su madurez, en la que demostró su fe, su esperanza, pero sobre todo su caridad.

Gracias, porque siempre cumplió mis deseos, aun cuando no había llegado su hora.

Gracias, por someterse al bautismo de Juan, por el que el Padre reveló al Hijo y la misión del Hijo.

Gracias por sus amigos, los que, dejándolo todo, lo siguieron, lo acompañaron, lo amaron y lo respetaron como su maestro.

Gracias por todos los milagros realizados, por su vida entregada en compasión, cada día sirviendo, enseñando, guiando a su pueblo, porque veía que caminaban como ovejas sin pastor.

Gracias, porque a pesar de las persecuciones, los insultos, los engaños, las trampas que le tendían los sabios e inteligentes, perseveró en su misión, acompañado de humildes y pequeños.

Gracias, porque es a ellos a quienes el Padre ha revelado al Hijo.

Gracias, porque Él sabía que Él es el Hijo de Dios, y entendió cuál era su misión, y aceptó en obediencia la causa para la que fue enviado: morir por los hombres, para salvarlos crucificando el pecado.

Gracias, porque su fe afirmó la mía.

Gracias, porque su esperanza aumentó la mía.

Gracias, porque, con su amor, me enseñó a entregar mi vida unida a la suya, en un mismo sacrificio redentor, una misma misión: entregar la vida de un solo hombre para la salvación del mundo.

Gracias, porque amó tanto a sus amigos que se entregó por ellos amándolos hasta el extremo, confiando a ellos su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, instituyendo la Eucaristía, como memorial de su muerte, hasta que vuelva.

Gracias, porque pude acompañarlo siempre; porque, cuando no lo hacía en cuerpo, lo hacía espiritualmente, pero siempre unidos, siempre presente.

Gracias, porque pude acompañarlo en el momento más difícil de su vida, cuando todos lo rechazaron, lo insultaron, lo juzgaron y lo condenaron a muerte entre los malhechores; pero aún más, cuando un amigo lo traicionó y los otros lo abandonaron.

Gracias, por su fidelidad y la mía.

Gracias, por su obediencia y la mía.

Gracias, por ese encuentro bajo el peso de la cruz, en la que le confirmaba mi presencia, mi solidaridad, mi apoyo y mi compañía.

Gracias, porque siempre se levantó de sus caídas.

Gracias, porque un hombre le ayudó a cargar su cruz, cuando Él ya no tenía fuerzas.

Gracias, porque a pesar de todo su cansancio y el dolor de su cuerpo, de la sangre perdida por tantas heridas, pero, sobre todo, de la corona de burla, de los desprecios, de la indiferencia, de la impiedad, de la inmundicia, de la ignominia, de la brutalidad, del odio, de los dolores de su alma, pudo llegar hasta el final, para entregarse, por amor, hasta el extremo.

Gracias, porque pudo soportar el sufrimiento, como Dios y como hombre.

Gracias, por su paciencia y su perseverancia en la agonía.

Gracias, por sus palabras en medio del suplicio de la cruz.

Gracias, por hacerme lazo de unión entre Él y los hombres, a través de la maternidad, haciéndome madre de uno para ser madre de todos.

Gracias, por darme la fuerza para resistir la pasión y muerte de mi Hijo, sabiendo que es mi Dios.

Gracias, porque pude sostenerlo al pie de su cruz, para que cumpliera hasta el final con su misión.

Gracias, porque alguien me sostuvo a mí, mientras yo lo sostenía a Él.

Gracias, por la compañía de ese discípulo amado que nunca lo abandonó, porque siempre estaba conmigo.

Gracias al Señor, por hacer su voluntad.

Gracias, por mi sufrimiento y mi dolor, que expresan el amor a Dios y la obediencia de una madre, que entrega al Hijo en sacrificio, como cordero, en lugar del hijo de Abraham, asegurando en su descendencia a ese Hijo, para la salvación del mundo entero.

Gracias, por cumplir en esta muerte hasta la última letra de la ley de los profetas: la muerte del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Gracias, porque vio Dios que todo era bueno, y en un solo y único sacrificio renovó el mundo, limpiando el mal y haciendo nuevas todas las cosas.

Gracias, porque, creándome mujer sin mancha ni pecado, me concedió ser para el mundo una nueva Eva, que no cometió pecado, pero que permaneció unida, al pie de la cruz, junto a su Hijo, quien se hizo pecado, para redimir al mundo.

Gracias, porque en medio de este sufrimiento y dolor, me permite llorar no solo por el Hijo que murió, sino por los que viendo no quieren ver y oyendo no quieren oír, por los que habiendo sido ganados como hijos de Dios, vuelven a rechazarlo, a abandonarlo y a crucificarlo.

Gracias, porque estas lágrimas son agradables a Dios, que es un Dios compasivo y misericordioso, para que reúna a mis hijos en torno a mí, y derrame sobre ellos su Santo Espíritu, para que den la vida como la dio el Hijo del hombre, por amor a Dios, amando a Dios a través de los hombres.

Gracias a ti, hijita, por compartir mi dolor, mi sufrimiento y mi deseo, y permanecer en mi compañía, orando conmigo, y agradeciendo a Dios la vida, la pasión y la muerte de Cristo, esperando en su resurrección, para que todos los que crean en Él tengan vida eterna.

Oremos por mis hijos, tus hijos sacerdotes, para que, por la muerte de mi Hijo, entiendan, acepten y cumplan su misión, renunciando a ellos mismos, abrazando su cruz, y siguiendo al que, siendo Dios, se entregó a la muerte para salvar al mundo, y a una muerte de cruz; y que dejó en sus manos su Cuerpo y su Sangre, para que, en el cumplimiento de su deber, sean la luz para el mundo, y lleven la salvación a todos los rincones de la tierra.

Acompáñame, une tus lágrimas a las mías, y oremos. Es en la oración en donde encontramos la fuerza que da la fe, la esperanza y el amor, para poder continuar la misión en la alegría de servir a Cristo uniéndonos a su muerte en la esperanza de su resurrección.

Oremos en silencio, entregándole como ofrenda mis lágrimas a Dios. Lágrimas que brotan de mis ojos, pero que provienen de mi corazón expuesto, encendido en fuego, atravesado por siete espadas de dolor.

Permanece conmigo, hijita, en la esperanza de la Resurrección del Señor, y el triunfo de mi Inmaculado Corazón.

Acompáñame.

(Anhelos, n. 75)