DÉJAME SER MADRE
ORACIONES Y REFLEXIONES PARA SACERDOTES
En el Día de la Madre
María Beatriz Arce de Blanco
«¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester?» (Nican Mopohua).
«Hijo mío, sacerdote: aquí estoy yo, que soy tu madre.
Déjame ser madre y hacer de tu casa un hogar.
Cuando te sientas solo y cansado, triste y agobiado, incomprendido y despreciado, humillado y lastimado por la culpa y la traición…
Cuando ser sacerdote pese, y la renuncia a ser hombre duela…
Cuando la duda te asalte y sientas vacío tu corazón…
Cuando tropieces en el camino y te cubra la oscuridad…
Cuando la tentación te aseche, y tu voluntad sea débil…
Cuando tengas miedo…
Cuando te sientas abandonado en el desierto, y clames al Padre diciendo: ¿en dónde estás?...
Abre la puerta, hijo, y déjame entrar.
Yo limpiaré tu casa y te haré descansar.
Prepararé la mesa y te daré calor de hogar.
Puliré tus defectos y te haré brillar.
Cambiaré tu tristeza por la alegría de vivir, esperando el encuentro con quien ha de venir.
Encenderemos las velas, y yo te acompañaré a permanecer en vigilia, llamando y esperando la llegada del que vendrá y entrará sin avisar, porque tu casa será su casa, y su hogar será tu hogar.
Y entonces te enseñaré a permanecer en Él, como Él permanece en ti.
Te acompañaré, para que, cuando Él venga, no te encuentre dormido, y las lámparas estén siempre encendidas.
Me quedaré contigo y te entregaré a sus brazos, y Él será tu alimento, y te dará de comer y te dará de beber hasta saciarte.
Compartirá tus penas y las convertirá en alegrías.
Te llenará de amor, y su misericordia te acompañará todos los días de tu vida.
Y cuando estés arrepentido, y limpies tu corazón, llama al Hijo de Dios, y Él no te llamará su siervo, te llamará su amigo.
¿De qué te preocupas, hijo mío?
Déjame arrullarte en mis brazos y duerme tranquilo, en la esperanza del amor, del que siempre llega, del que siempre espera ser llamado y recibido, mi Hijo Jesús, tu mejor amigo».
(Abluciones, n. 34)
