18/02/2026

Jn 4, 5-42 - Contemplación de la Cruz 19 - Cuaresma

DOMINGO III DE CUARESMA (Jn 4, 5-42)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 19

Acompañemosa María, al pie de la cruz, contemplando el preciosísimo rostro de Jesús, desfigurado por los golpes, pero sereno, soportando en silencio, por amor, el tormento de tan maravilloso misterio. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:

 

Hijitos míos: acompáñenme. Vamos a contemplar el maravilloso misterio de la cruz.

Vamos a contemplar y a meditar en cómo un instrumento de muerte tan bárbaro y terrible es transformado en instrumento de vida, en medio de salvación. Algo que es imposible para cualquier hombre, pero que es posible para Dios, porque no hay nada imposible para Dios.

Es el único que puede transformar el mal en bien, el único que puede dar vida a través de la muerte.

Contemplen su cabeza.

Apenas puede sostenerse. Su rostro desfigurado que ya no es como era, en nada se le parece.

Contemplen sus orejas, que no se han librado del tormento de las espinas. Las han perforado, sangran abundantemente, pero el dolor más profundo está en el interior.

Miren cómo sangran sus oídos por las heridas causadas por las blasfemias contra Dios. Lo maldicen, se burlan. Los gritos con ira que decían: “¡crucifícalo!”, ahora le gritan groserías. Le gritan diciendo: “¿por qué no te mueres?”, “¿cuánto tiempo más tendremos que esperar?”.

Se burlan de sus amigos y de Él porque lo han abandonado.

Se burlan de su doctrina, de sus milagros, de su poder.

Se burlan de sus seguidores.

Se burlan de mí y de las santas mujeres que me acompañan.

Se burlan de Juan, que de Él no se separa.

Critican, dicen chismes y habladurías, lo desprecian con calumnias y mentiras, me maldicen por haberlo traído al mundo.

Maldicen mi vientre y mi maternidad.

Niegan a Dios, y algunos actúan como instrumentos del diablo tentándolo, retándolo, diciéndole: “¡si de verdad eres Dios, bájate de esa cruz!”,  “¡elimina con tu poder a todos los que te torturan!”, “¡muéstranos tu poder, haz tus prodigios para que podamos creer!”, “¡muestra que eres rey!”, “¡si eres el Mesías, sálvate a ti mismo!”, y muchas otras cosas.

Mírenlo, parece aturdido.

Lo escucha todo, y sin embargo, guarda silencio.

Pidan perdón, hijitos, por todos aquellos miembros de la Iglesia que blasfeman contra el Espíritu Santo, que blasfeman contra mí, que blasfeman contra Jesús y contra el Padre que está en el cielo.

Pidan perdón por todos aquellos que injurian, ofenden, faltan al respeto a un sacerdote, por los que maldicen a un sacerdote, por los que critican, juzgan, dicen chismes, injurian, levantan falsos juicios contra un sacerdote.

Pidan perdón por todos aquellos que enfrente de los sacerdotes hablan con maldiciones, cuentan chistes groseros, con picardía y malas intenciones, buscando provocar a los sacerdotes para que falten a la castidad.

Pidan perdón por todos aquellos que hablan mal de mí enfrente de los sacerdotes y les causan tanto dolor, porque verdaderamente me aman y me consideran su Madre.

Pidan perdón por todos los que hablan mal de la Iglesia enfrente de los sacerdotes, porque lastiman sus oídos y su corazón.

Pidan perdón por todos esos pecadores que confiesan graves pecados y que deben escuchar los sacerdotes confesores, pero que no pueden perdonar, porque los penitentes no están arrepentidos.

 

Contemplemos el Sagrado Corazón de Jesús, que está herido, que sufre, que ama, que perdona. Compartiendo sus sentimientos, escuchemos en nuestro corazón su voz que nos dice:

 

Amados míos: perseveren en el camino a la santidad, en unidad conmigo, acompañando a mi Madre al pie de la cruz, contemplando mi Corazón herido, y haciendo suyo mi dolor, porque el que está conmigo tiene mis mismos sentimientos.

Contemplen mi cuerpo golpeado, flagelado, torturado. Tiene tantas heridas, que, aunque se pueden ver, no se pueden contar. Hay una sobre otra, y una más profunda que otra.

Contemplen mi Corazón, que tiene aún más heridas de las que muestra mi cuerpo externamente. Heridas profundas, que no han sido causadas por el látigo, las espinas, los instrumentos de tortura o la mano de los hombres, sino por la aflicción, la tristeza y la amargura del desprecio, de la traición, del abandono y la división de aquellos hombres que yo elegí y ungí como sacerdotes, que los configuré conmigo para mantenerlos unidos a mí, para que, teniendo mis mismos sentimientos, seamos uno. Pero no han querido, han desviado el camino, se han alejado de mí.

No están conmigo, están contra mí, porque no han permanecido en fidelidad a mi Palabra, en el cumplimiento a mi ley.

Predican una doctrina que no es la mía.

Se han vuelto contra el Papa. Y el que no esté con él, tampoco está conmigo y está contra mí.

Pidan perdón por los sacerdotes que están contra mí, para que se conviertan y reparen las heridas de mi Corazón sufriente, haciendo y promoviendo las obras de misericordia en favor de ellos, de mis sacerdotes, los que se han alejado de mí, los que se han vuelto contra mí, para que los ayuden a que vuelvan a mí.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!