03/04/2026

CRUZ DE AMOR Y DE DOLOR

CRUZ DE AMOR Y DE DOLOR

 ORACIONES Y REFLEXIONES

Desde el Corazón de María

María Beatriz Arce de Blanco.

«Y a ti, una espada te atravesará el alma» (Lc 2, 35).

Yo soy la primera discípula de Cristo, y a la vez soy su maestra, porque le enseñé a hacerse obediente hasta la muerte y a una muerte de cruz, y a cargarla desde pequeño.

Cruz que comparto con Él constantemente.

Cruz de fidelidad, obediencia, confianza y abandono en la voluntad Divina.

Cruz de dolor, y a la vez Cruz de amor.

Cruz de sufrimiento de muerte y de gozo de resurrección.

Cruz que no le fue entregada en el pretorio, sino en el pesebre, y que su padre y yo cargamos por Él, cuidando y protegiendo de todo peligro al tesoro más preciado de Dios, compartiendo una gran responsabilidad, presentándolo al Padre en el templo mientras recibía en esa cruz la espada que atravesaría mi alma.

Cruz huyendo, escondiéndonos, permane-ciendo en el silencio, sabiendo que en nuestros brazos había sido confiado el Hijo de Dios, resistiendo a los llantos y lamentos de las madres de los primeros niños mártires, muertos por la causa de Cristo, y enviados como corderos en medio de lobos, desterrados, desapercibidos.

Cruz viviendo una vida ordinaria en medio del mundo, cargando la cruz de un Niño que ya había crecido y que se perdía para ser encontrado, y con Él a todos los hombres perdidos y que por la misericordia de Dios yo misma encontraba.

Cruz que abracé mientras Él adelantaba su hora convirtiendo el agua en vino.

Cruz que aprendí de Él a llevarla todo el tiempo conmigo a dondequiera que Él iba.

Cruz que sostuve con Él hasta el Calvario.

Cruz en la que fueron clavados sus manos y sus pies, para ser exaltada su divinidad con su humanidad crucificada.

Cruz que sufrió desde que sabía con qué tipo de muerte iba a morir, y esperaba que sus amigos lo acompañaran, velaran por Él, oraran con Él. Pero se fueron. Solo uno se quedó, solo uno no lo abandonó, y en ese puso toda su esperanza. Y me llevó a vivir con él.

Cruz reuniendo a los apóstoles que lo habían abandonado, porque eran mis hijos, y yo debía enseñarles todas las cosas, porque el Espíritu Santo está siempre conmigo.

Y me quedé para enseñar a cada uno a despojarse de todo, para cargar su cruz y seguir a Jesús, para que lo conocieran y lo amaran, para que dieran su vida proclamando la Palabra, anunciando que el Reino de Dios está cerca.

Cruz que se mantiene exaltada, y en la que el sacrificio de mi Hijo se renueva constantemente –para la conversión de todos los pecadores–, en las manos de mis hijos sacerdotes, haciéndose uno con Él.

(Alabanzas, n. 60)