CORAZÓN DE MADRE
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Reflexión desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
Muéstranos que eres Madre // por ti las preces nuestras // reciba el que naciendo // por Madre te eligiera.
(Himno Ave Maris Stella)
Madre nuestra: es costumbre en muchos países celebrar en un día del año el “Día de la Madre”, con el fin de resaltar el papel tan especial que una madre representa para toda la familia. Es un día especial para que los hijos les manifiesten su agradecimiento y reconocimiento, con muestras de cariño, por todos los esfuerzos que hacen por atenderlos bien.
Y en los países de tradición cristiana es normal que ese día se celebre en el mes de mayo, el mes que, con mucho amor y devoción, te dedicamos a ti, Madre, todos tus hijos. No podía ser menos hacerte a ti, con ocasión de esta celebración, un reconocimiento especial, por ser Madre de Dios y Madre nuestra, que tanto nos amas y proteges.
Son muchas cosas las que se nos vienen al corazón y a la cabeza para reconocer a una madre, pero, sobre todo, por ser un instrumento de Dios para dar vida. Tú engendraste en tu vientre inmaculado al Verbo de Dios, quien es la Vida, e intercedes constantemente por todos tus hijos para que tengamos vida sobrenatural. Qué importante es el papel de las madres en la transmisión de la fe a sus hijos.
Te pedimos, Madre, por todas las madres del mundo, tanto las biológicas como las espirituales, para que cumplan muy bien con su misión, ya sea que tengan cerca a sus hijos o ellos estén lejos, así como por todas las madres que ya han sido llamadas a la casa del Padre, para que sigan velando por sus hijos desde el cielo.
¡Muéstrate Madre, María!
Hijo mío.
Me gusta mostrarme Madre, y aquí estoy.
El Espíritu Santo creador es quien da la vida. Cristo es la vida, y la mujer es tan solo un instrumento de Dios para manifestar su divino amor dando vida a sus creaturas, hechas a imagen y semejanza de Dios.
Y Él la llamó “madre” dándole el don de la maternidad, que la incluye en la obra creadora de Dios, por la que su creatura se hace persona, le da un alma y corazón, para amar y ser amado, para participar en la dinámica del amor divino, porque para eso ha sido creado, y de ese mismo modo nació la mujer. Por tanto, su misión es engendrar en su vientre y en su corazón la creación de Dios, que a cada una confía.
La mujer es, por tanto, portadora de vida. Toda mujer tiene la capacidad de ser madre biológica o espiritual. Se le ha dado el don de la ternura maternal y la capacidad de dar la vida por el hijo con generosidad, gratuitamente, sin nada a cambio esperar, tan solo la felicidad de aquel que en su seno o en su corazón engendró.
La mujer ha sido creada igual que el hombre, a imagen y semejanza de Dios, pero con un corazón como el mío, lleno de un amor tan femenino, que es irresistible para Dios. Y por ese amor conseguimos todo lo que le pedimos, si para Él vivimos y para Él morimos, en la esperanza de su resurrección.
La mujer es un fiel testigo de Cristo. Su testimonio es veraz. Transmite generación tras generación la fe. Es dócil a la gracia que el Espíritu Santo sobre la mujer derrama, porque ella con un corazón de madre ama.
Por eso es tan tentada la mujer por el demonio, porque él sabe que la mujer que está conmigo tiene la fuerza y tiene el poder de mi pie, para pisar la cabeza del enemigo y triunfar conmigo.
La mujer que ha perdido el camino, que ha debilitado su fe, que ha perdido la esperanza, que ha nublado su razón, que no tiene caridad y ha endurecido su corazón, es buena aliada del enemigo, porque sabe conquistar al hombre, tiene el poder de negar la vida y destruirla, y de llevar a muchos por el camino de la perdición.
¡Cuánto puede hacer gozar o sufrir una mujer al Corazón de Cristo! Pero Él no se da por vencido, sabe conquistar el corazón de una mujer para que vuelva a Él. Es más fácil que hacer a un hombre testarudo volver. ¡Pero qué fácil es atraerlo a través de la mujer!
Que las madres recen por sus hijos con confianza, con perseverancia, con fe, con esperanza y con el amor de su corazón de madre.
Que unan sus oraciones a las mías y no se preocupen, yo los convenceré, los tomaré de mi mano y a Cristo los llevaré.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 179)
