Jesús mío, yo te pido por cada sacerdote.
Que sean como tú.
Para eso los has llamado.
Que prediquen como tú.
Que sean sencillos y humildes de corazón.
Que transmitan tu amor.
Que te entreguen su voluntad, para que te dejen actuar, para que seas tú quien viva y obre en ellos.
Que seas tú quien abra los oídos, los ojos, y los corazones de cada persona a la que ellos lleguen.
Que sean tus pies los que se cansen y tus manos las que abracen.
Que seas tú el que predique, el que invite, el que ame.
Y que ellos carguen tu cruz y se suban a ella, mientras tú te entregas para la conversión del mundo entero.
Amén.
(Anhelos, n. 18)